Credo

Esta es la historia de una partida, en la que hacía el papel de un personaje que apostaba a muerte su oasis por miedo a un adiós. En aquella época, competía contra mi propia percepción del mundo y de mí misma, convencida de merecer una verdad diferente a la que habitaba en mi cabeza, y era en aquel garito putrefacto donde yo la buscaba. Me dedicaba a arrancarme las costras y a reabrirme las heridas en un sofá de sky negro con olor a incienso. Entretanto, un tipo elegante sumido en la simple dicotomía de una sonrisa apretada y una mente retorcida— vigilaba todos y cada uno de mis pasos.

Se trataba del director de juego, cuya función era básicamente dirigir el curso de la partida de acuerdo con las decisiones que yo tomase en cada momento. Su estrategia radicaba en un patrón de acto y consecuencia, a la vez que su vanidad le instaba a ir siempre por delante de mí, sin tener nunca en cuenta que yo era alguien que llevaba ya un tiempo acostumbrada a disociar y a reprimir mis emociones. Durante los tres años de partida, compartimos la desconfianza que comparten los que siempre tropiezan dando el paso, los que siempre tienen el dedo en el gatillo por si carcome demasiado la culpa; al fin y al cabo, ambos condenados a una fecha límite. Del vínculo terminó por emanar la pena y, por un instante, la convicción de que nadie merecía tener como única realidad la que nosotros alcanzábamos a ver desde aquel antro sombrío.

Una noche se invirtieron los papeles y cambiaron las reglas del juego. La dependencia derivada de mi traumática inseguridad me había ahogado las heridas con un suero tan venenoso que hasta ni yo misma me reconocía. Sin embargo, en aquella velada me subí al tablero con los pies desnudos y me hice la poeta y la muerta, lanzando el comodín del dolor y recitando el credo que pondría fin a la partida más hipócrita de mi vida, sin importarme en absoluto las consecuencias de la rendición:
  
«Creo en la muerte de las emociones y en la migración de las almas. 
Creo en la despedida de un yo inmerso en el asilo de un recuerdo. 
Creo en las hojas que murieron oxidadas intentando describirme. 
Creo en la desintegración y en la ruina envuelta en calma. 
Creo en la virtud y en el castigo de las gargantas que no encuentran consuelo. 
Creo en la necesidad de hacer las paces con mis entrañas. 
Creo en la tormenta que arrasa con todo lo que digo y todo lo que siento. 
Creo en la sed de mi cuerpo desde el rechazo que representa en mí. 
Creo en la falta de aliento para ver luz al salir de la cama. 
Creo en el curso de lágrimas que carga con el peso que supone el dolor. 
Creo en el temor a la noche por si no vuelvo a dormir. 
Creo en la metamorfosis, aunque haya partes de mí aún atrapadas.
Creo en el "estoy aquí contigo, no tengas miedo". 
Creo en el amor y en las ganas de seguir viviéndolo cinco minutos más. 
Creo en la voz y en los párpados para despedirme hasta que ya no aguante. 
Creo en todo esto hoy, por si acaso mañana ya no soy capaz de sentir nada».

Me bajé de la mesa y le di la mano a ese tipo estirado, mientras le contaba al oído cómo acepté mi derrota. Lo último que recuerdo fue saltar al vacío, apostando por mí y por todo lo que declaré en aquel maldito credo. Desde entonces, el miedo sigue habitando mi mente, así como la culpa por traficar con cada uno de los pedazos de mi alma, como si de muñecos vudú se tratasen. A pesar de todo, los temblores en los huesos y las cicatrices quemadas me recuerdan cada día que hice bien en salvarme.

Premonición

No sé cuánto tiempo va a durar esto, cuánto más queda por llorar hasta apagar el infierno. Presiento la hecatombe de mis huesos, de mi alma ...