Telaraña

Tejo mi tétrica y mohosa telaraña con el criterio de un arácnido fantasmita que prepara su casa encantada. Me asusto de lo fácil que le resulta a la arañita devorarse, convirtiéndose en su propia larva, condenada a su instinto humano de quedarse con todo, de no dejar nada y aun así desfallecer de hambre. 

Entretanto, sigo acurrucada en mi rinconcito favorito de la cama, sobreviviendo a base de las pieles muertas que consigo arrancar de mis labios. Tengo la mirada clavada en el osito de ojos rotos que rescaté de la tormenta; aquella tormenta que nos lo arrebató todo. A él le dejó la piel medio áspera y agujereada; y a mí, un alma empapada que solo a ratos entra en calor.

La arañita sigue construyendo su infierno portátil mientras me convenzo de que necesito uno, de que merezco uno. Si bien es cierto que mirar al osito me recuerda que todavía queda algodón en el almacén al que me aferro —donde vive el amor, el recuerdo y el deseo―, me resulta imposible perderme la actuación de la arañita, que va a llevar a cabo su último ritual.

El pobre osito ya no sabe darme respuestas porque busco unas que no me duelan. Ya no quiero sentirme así —nunca lo quise—, pero las uñas me dicen que sí y su tinta me araña. Ella sigue moviendo sus patas y yo solo quiero salir, aunque sea a rastras. 
Pego el último portazo, al decirme adiós con la misma fuerza con la que decido nunca volver, al menos no por ahora. Joder, hay goteras en el techo y está empezando a llover.

Funeral

En el funeral de mi alma,
sujetando el arma homicida.
Culpa, frustración,
dolor, melancolía.
A ciegas rompí el espejo,
cuya mirada me sentía conocida.

Fingiré que mi amigo fue el suicida,
que yo solo hacía
de la pobre rehén en el aparte censurado
de mi autobiografía,
que fui el cebo del monstruo del pozo
y de repente me vi ahí,
deshecha, desnuda.

Morí en vida y existí en muerte;
perseguí la luna
sin saber que era ella
la que siempre venía a verme.
La cruz acabará moviendo
mis hilos,
pero ¿cuál será mi nuevo nido?
Sin ropa blanca,
no seré más que un simple ángel caído.

No pretendo ser alguien cuerdo;
de momento, le rezo mi propio credo
al amor incierto:
que libre a mi corazón del hielo,
que me cure a besos en el cuello,
que nunca cese este cosquilleo.

Prueba o verdad

Ver es una acción y mirar es otra distinta.
Sin embargo, a través del cristal 
manchado, todo acaba siendo igual.
Fanática de los espejos sucios y convexos, 
no se le da bien la realidad.

Permanece en silencio, pero el silencio 
es un suicida que quiere hablar.
¿Cómo se calla al silencio 
sin verle el sentido a gritar?

Las ilusiones aparecen y se desvanecen 
como la luz parpadeante de un foco casi fundido
en un portal al anochecer, 
que está llegando a su último aliento.
Crucemos el bosque antes de que, 
muertos de hambre, 
acabemos consumiéndonos.

Tal vez la pregunta no sea 
cuándo cesará la noche, sino 
cuánto pecaremos 
intentando no pecar.
¿Cuánto daño nos haremos 
hasta llegar al final?

Jugando con la luna a prueba o verdad, 
acabó retándome a dejarme amar.
Diosa de la melancolía, 
¿cómo sabes que me amarán?
Tal vez el pacto con el diablo 
no me sea suficiente para pagar.

Premonición

No sé cuánto tiempo va a durar esto, cuánto más queda por llorar hasta apagar el infierno. Presiento la hecatombe de mis huesos, de mi alma ...