Telaraña

Tejo mi tétrica y mohosa telaraña con el criterio de un arácnido fantasmita que prepara su casa encantada. Me asusto de lo fácil que le resulta a la arañita devorarse, convirtiéndose en su propia larva, condenada a su instinto humano de quedarse con todo, de no dejar nada y aun así desfallecer de hambre. 

Entretanto, sigo acurrucada en mi rinconcito favorito de la cama, sobreviviendo a base de las pieles muertas que consigo arrancar de mis labios. Tengo la mirada clavada en el osito de ojos rotos que rescaté de la tormenta; aquella tormenta que nos lo arrebató todo. A él le dejó la piel medio áspera y agujereada; y a mí, un alma empapada que solo a ratos entra en calor.

La arañita sigue construyendo su infierno portátil mientras me convenzo de que necesito uno, de que merezco uno. Si bien es cierto que mirar al osito me recuerda que todavía queda algodón en el almacén al que me aferro —donde vive el amor, el recuerdo y el deseo―, me resulta imposible perderme la actuación de la arañita, que va a llevar a cabo su último ritual.

El pobre osito ya no sabe darme respuestas porque busco unas que no me duelan. Ya no quiero sentirme así —nunca lo quise—, pero las uñas me dicen que sí y su tinta me araña. Ella sigue moviendo sus patas y yo solo quiero salir, aunque sea a rastras. 
Pego el último portazo, al decirme adiós con la misma fuerza con la que decido nunca volver, al menos no por ahora. Joder, hay goteras en el techo y está empezando a llover.

2 comentarios:

  1. Tienes un talento impresionante y precioso. Te admiro y te quiero mucho colega ♥️.

    ResponderEliminar

Premonición

No sé cuánto tiempo va a durar esto, cuánto más queda por llorar hasta apagar el infierno. Presiento la hecatombe de mis huesos, de mi alma ...